Dios haciéndole un gol al propio Dios

Diego Maradona, divinidad de lo excelso y de los abismos representó como nadie la dualidad del Héroe y del Ángel caído.

La Humanidad necesita Héroes. Necesita Mitos. La función de estos no está del todo clara. Algo así como un barniz invisible que dota de sentido a todo. Sea lo que sea ese todo. Que nos convierte en algo más que recolectores, cazadores o followers. Que nos hace ser capaces de entender, o intuir, que existen códigos que nos conectan con ese algo más, que tantas religiones han querido atrapar, y que seguimos sin encontrar su nombre exacto.

Los Héroes de nuestra era contemporánea son, sin duda alguna los deportistas. Capaces con sus gestas, alejadas de lo sanguinario de lo bélico aunque sigan compartiendo códigos, de emocionarnos y de hacernos creer que todo aquello que se sueña se puede conseguir con persistencia y talento.

El talento es otro de esos ingredientes mágicos que nadie sabe exactamente en qué consiste. Los que lo poseen argumentan que es algo que se tiene o no se tiene de nacimiento, afirmación no exenta de vanidad.

Si el talento puede crearse, o moldearse, es algo sobre lo que también deben tener una opinión válida los neurólogos: la maravillosa plasticidad del cerebro nos enseña que es capaz de crear redes neuronales de manera prodigiosa, y que si a veces no le sacamos más partido, es porque sencillamente no queremos.

Pero, ¿es el héroe la suma de sus talentos? Podría ser, pero lo que es seguro, es la suma de sus dramas. Y en eso El Pelusa era un astro. Drogas, vida nocturna, multitud de hijos, extravagancias… Diego supo encarnar como nadie la dualidad del genio: capaz de conmocionar a un planeta entero con un zurdazo endiablado y capaz de despeñarse a los abismos con una facilidad pasmosa.

Ese algo que nos hipnotizaba de él era su don de la espontaneidad. Su capacidad de improvisar, de desviarse del plan preciso del Universo, para crear un gol estratosférico, como dice el periodista Maldini, una de esas jugadas maradonianas que te dejaban extasiado. Era Dios haciéndole un gol al propio Dios.

Diego representaba también la historia del héroe pobre que fue capaz de crear un futuro para él y toda su familia gracias a un don y a esfuerzo. Lo que le hizo ser el vehículo de esperanza para los desfavorecidos, los que viven en la frontera con la miseria, y que alguna vez soñaron que quizá ellos alguna vez podrían emocionar a todo un planeta con uno de sus goles, y que si una vez despiertos sabían que ellos no podían, el gol de Diego les representaba.

Descanse genio.

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